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Porque el cielo está al alcance de unos pocos, o eso dicen. Y sí, si pienso en él aparecen imágenes inconexas, retales abstractos e inteligibles en lo que al significado se refiere. Reales para el soñador. Pensamientos; ciudades, tráfico sofocante, aire cargado de vidas ajenas; besos que se dan con rabia, labios tintados de rojo; un cigarro insinuante en tu boca -mejor cuando cae la tarde y el sol se esconde-. Susurros en mi oído que se comportan como una corriente electrica, que viaja por mi anatomía, que se desliza hasta producir cosas inexplicables. Efectos en mí. Porque lo lejano está muy cerca tratándose de tus ojos y el cielo, resulta alcanzable si reflexiono en él como en algo semejante a todo eso -depende de la compañía con la que se siente-.

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lunes, 28 de abril de 2014

Caprichos, reencuentros y besos en la mejilla.





Hacía tiempo que no lo veía, y volver a aquello fue tan devastador como el efecto de un huracán.

No sabría explicar con palabras lo que sentí con ese choque frontal, a doscientos kilómetros por hora. Tampoco lo que pude sentir después, en el balance de daños. Al principio noté como el corazón se me paralizaba, el motor de la máquina imperfecta y dañada que era yo, el primero en recibir el impacto. Después fue el turno del centro de operaciones. Y eso no lo vi venir. Porque después de todo el parloteo y las indagaciones metafóricas sobre cómo vas a reaccionar, la realidad es que no reaccionas. Tu mente se queda en blanco y ahí, justo ahí quise salir corriendo. En blanco, intentando que el aire llenara mis pulmones antes de que fuera tarde y me quedara tan inmóvil e insignificante como una planta. Con esa cara de gilipollas que se me pone siempre que le veo. Ni que él fuese una obra de arte.

Que digo yo que eso es lo que cabe esperar cuando aquellos amantes del género se quedan durante varios minutos observando un cuadro. Una cara de gilipollas, un cambio de registro. Algo que te haga quedarte en blanco, o pensar demasiado.

Así que fue un vuelco, una transición de un momento de felicidad extrema -verle, allí, igual que tantas veces, con esos vaqueros desgastados y su chaqueta de cuero-, al golpe. Comparable a que un puño invisible se estampara contra tu nariz. Y luego está la pregunta ridícula que nos hacemos por el hecho de ser humanos... el eterno ¿Cómo se sintió él? que nunca tiene respuesta y que sigue ahí, preservando el masoquismo que nos caracteriza. Quizá fue lo mismo que sentí yo, porque ninguno esperábamos vernos así -un accidente con varias víctimas-. Siempre intentando meterme en su cabeza, de leerle la mente y poder reaccionar a tiempo a sus decisiones. Anticiparnos a los hechos. Pero nunca con resultado satisfactorio.

Confieso que cuando lo tuve cerca me sentí feliz, igual que hace demasiados meses: con ganas de comerme el mundo, hambrienta de estar con él y ya está. Era mi puto héroe personal y esa simpleza me bastaba. Pero entonces, el sentimiento se ahogó y llegó la nostalgia, aplastándome como si fuera un insecto insignificante, quitándome el oxigeno que me mantenía aparentemente entera. Éramos nosotros, pero nada era como antes. Ni él, ni yo, ni el nosotros. Ni siquiera aquella calle parecía la misma.

Es curioso cómo funcionamos, porque de repente, mi cerebro se empeñó en repasar rápidamente todos los momentos vividos con él, dejándome exhausta. Y sin ser dueña al 100% de mi anatomía, me dirigí a hablarle. Yo, que aquel día ni me había molestado en peinarme. Allí, valiente de saber de él. Una completa imbécil.

Y lo miré a los ojos.
Y quise acurrucarme en su iris color verde.
Y dejarme.
Y volver a aquello que aún no lograba olvidar...
Aunque fuera tan gilipollas de negarlo.

Pero entonces, la cosa bajó varios grados y todo se volvió frío. Una simple conversación educada, un "Hola", un "me alegro de verte"... Un "deberíamos quedar" que se queda en palabras. Y luego le siguieron cosas demasiado dolorosas. Su gesto cómplice, sus labios elevándose hacia arriba. Me dijo que me echaba de menos, que se le hacía raro verme. Lo hizo con su voz suave, que seguramente en otro tiempo no me hubiera resultado digna de mención, pero que en aquella ocasión se me quedó grabada... -Puto imbécil, nunca dejaré de ser suya, me siento más suya que de nadie-. A pesar de todo, me besó -en la mejilla y con rapidez, igual que te quitas una tirita- y a ese incómodo momento le siguió un abrazo. Uno irreal, falso y deprimente. Se despidió con un "que te vaya bien" y yo, sintiéndome miserable, rogando que el momento se extendiera, le contesté con una sonrisa tímida y un "igualmente" que me supo a mentira.

Llegó el dolor. Pero se fue tan rápido como vino, un fogonazo...  Él se alejó, se llevó todas mis esperanzas y aquello trajo consigo la rabia. No por él, sino por mí y mi imaginación calenturienta que se empeñaba en creer que el tiempo no es más que algo que se refleja en un reloj. Sin consecuencias.

Al final, quien me retorcía el estómago, dejó de hacerlo. Me resigné y hasta pude saborear algo de liberación. Parecía que le iba bien y me resultó extrañó que me bastara con eso. Mi corazón volvió a la normalidad, igual que yo. Es lo que tienen los encuentros fortuitos, que traen consigo toda clase de sorpresas.O te altera o pasa sin más. Creo que si todos los reencuentros son así, con el tiempo me volveré una yonqui adicta a tenerlos...bueno, quizá no sea la mejor explicación, lo que pasa es que sigo siendo adicta a él. Y es que es tan fácil perder el control de tu cuerpo, de tus sentimientos y de ti misma cuando te mira así.

Ahora creo, (porque sería muy aventurado asegurar que lo he olvidado, que es una palabra muy extrema) que lo voy superando. Supongo que volveré a recaer cuando lo vuelva a tener delante o cuando, por caprichos del destino, sepa algo de él. Desgraciadamente, vivimos en el siglo veintiuno y eso hace que sea muy difícil olvidar. Por no decir imposible.

La culpa a Facebook, Twitter o a la puta geografía, que se empeña en seguir ahí.

Haciendo que tengamos que reencontrarnos. Y que me vuelva débil en tus ojos.




miércoles, 2 de abril de 2014

Bienvenido.



Nunca te dejes machacar por lo que pudo ser y no fue.
Nunca intentes vivir de los "y si..."
Nunca digas nunca.
Nunca dejes de vivir.

El amor es esa cerveza de "te necesito conmigo".




Supongo que de eso va el amor. De decidirse a empezar la carrera que nunca sabes cuando va a acabar. De tirarte sin saber si habrá algún colchón donde caer o si por el contrario nunca caerás. Intentar saber si el otro quiere ese salto contigo es lo difícil, y lo fácil sería echarse atrás sin más y no arriesgar. Nadie arriesgaría si supiera que iba a perder, y supongo que nadie perdería si no hubiese creído en algo. Supongo que el amor es eso, es tirarte, besar al otro sin que nada más importe, es revolverte por dentro con que solo te roce, es un compás perfecto de música o ese café que te alegra tardes, es esa cerveza de "te necesito conmigo". Es el ahora o nunca que nos marca la vida, el tren que casi dejamos pasar por algo que nos llama más. Es ese momento de duda antes de besarle o de decirle que te estás enamorado de él. Pero supongo que también es el momento del beso, el momento en el que deja de haber mundo para solo existir tú y él, es esa sonrisa que se te escapa de felicidad, es ese vuelco al corazón, es ese momento en el nada importa. Es cuando sabes que aunque salga mal, habrá merecido la pena vivirlo. Es el momento en el que no te arrepientes de nada, ese salto a la nada. Pero supongo que todo empieza como empieza el amor, con una simple mirada y con ese escalofrío de después.